Y cuantas más cabezas ajusticiaba, más brotaban.
como los juicios que a mí mismo hago,
cerceno uno y no concluyo,
afloran una y otra vez culpas y remordimientos sin término.
hubiera luchado eternamente en ese lago,
hundiéndome muy despacio en el denso fango
rodeado de cabezas pestilentes...
pero Yolao me salvó de ese delirio,
cauterizando con la antorcha los cuellos palpitantes.